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El Hombre y la educación

En esta era de la comunicación, nuestra vida es un incesante navegar en un océano de mensajes, seamos o no conscientes de ello. Esas ideas que recibimos, a una velocidad hasta ahora nunca vista, son las que nos van construyendo como personas. 

La profunda crisis de ejemplaridad que sufrimos nos ha desterrado a los maestros, incluyendo entre ellos a los padres, que son quienes guían la construcción del pensamiento.

Frente a un mundo que ha olvidado los valores, se ha perdido el oriente de nuestra acciones, por eso nos encontramos muy desorientados. 

La misión central de los agentes educadores por excelencia: la familia y la escuela, es permitir que el hombre llamado a la perfección por su intrínseca naturaleza, recupere el sentido último de sus acciones dando respuesta verdadera a su vocación, a este llamado a ser persona, que todos tenemos en nuestro interior. Para ello es clave que el pensamiento, herramienta vital para el discernimiento de la verdad y complemento esencial de nuestra voluntad dirigida al bien, sea guiado a partir de la formación de virtudes humanas, que se forman en la familia pero que se terminan de desarrollar en la escuela, ambos ámbitos educativos y de socialización de los niños y jóvenes.

Lamentablemente hoy el pensamiento está sumamente contaminado por los medios de comunicación (que se han transformado en agentes de suma influencia educativa) que llenando de mensajes vulgares y lineales a nuestros niños y jóvenes les hacen creer que piensan por sí mismos, cuando solo repiten “la letra” que les dan otros.

En este sentido me gustaría tomar un párrafo de un texto excelente del profesor Jaim Etcheverry, escrito para La Nación llamado “pensar por uno”. Lo cito de manera textual a continuación porque no solo me ha resultado inspirador, sino también de una enorme claridad:  

“De allí, su aguda afirmación en el sentido de que "cuando alguien cree que está diciendo algo, en realidad, está siendo dicho por algo".

Este debate, recurrente en el pensamiento contemporáneo, tiene profundas implicancias para la formación de las nuevas generaciones. Estamos sobreexpuestos a ideas y a opiniones que, partiendo de los medios de comunicación, se infiltran sin cesar en nuestras mentes. Por eso, resulta preciso insistir en la importancia que adquiere el hecho de que los jóvenes reciban, como prioridad en su educación, las herramientas intelectuales que les permitan distinguir si lo que piensan y dicen resulta de su propio pensar y decir. 

Para eso hay que mostrarles el proceso de búsqueda de la verdad, desplegar ante ellos el modo de llegar a esclarecer el propio pensar. En esencia, la educación debería proponerse la misión de incitar a quienes la reciben a emprender la aventura de pensar de manera autónoma, de adoptar decisiones propias, de reconocer en el fondo de sus convicciones aquello que realmente han pensado.” 

Pero el hombre además y siguiendo la línea del respeto a su naturaleza es un “animal político”, así lo define Aristóteles. En este sentido su persona se termina de perfeccionar en la sociedad y en la relación con los otros, viviendo de manera responsable su vocación hacia el ser y el ordenamiento del imperativo actual del tener.

Planteado brevemente el desafío de los tiempos que corren para nosotros, educadores de la posmodernidad termino estas líneas con otro pensamiento del Jaim Etcheverry dado en el artículo citado: 

“Es preciso reaccionar frente a este denodado esfuerzo por vulgarizar a los jóvenes, y lanzarlos a la aventura de la libertad. Esto supone dotarlos de una educación que, al menos, les dé la posibilidad, y sobre todo el coraje, de pensar por sí mismos.” 

 

Lic. Adrián Dall’Asta

Director Ejecutivo

Fundación Proyecto Padres

 

 

 

 

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