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Honrar la vida: (a propósito de Cromagnon)

Me resulta imposible pensar en las muertes de tantos jóvenes en República de Cromagnon sin relacionar este hecho con el valor de la vida, y con el valor que tiene la vida para nosotros como sociedad.

A partir de lo sucedido y de tanta muerte absurda, surgen muchas preguntas, pero hay una en especial que me da vueltas por la cabeza todo el tiempo: ¿educamos para honrar la vida o solo reaccionamos frente a la muerte?.

Creo que, como sociedad, somos reactivos a la muerte, no hemos sido educados en la necesidad de la prevención, quizás sea esta una de las razones por la que generalmente llegamos tarde.

Prevenir es anticiparse, es ver con antelación lo que puede suceder, es llegar antes de que suceda lo que no deseamos, hay acción no reacción. Ciertamente la prevención es una acción educativa. Se prepara para algo, no improvisa.

Pareciera que la vida no merece preparación, que es mera improvisación, y eso nos convierte en seres muy vulnerables.

Si podemos morirnos en un cine, en un boliche o en una cancha de fútbol. Si nos puede matar un remedio vendido en una farmacia  o un vidrio en un colegio, si nos puede matar un auto camino al trabajo producto de una picada, si cualquier hecho de la vida diaria se puede transformar en mortal; se apodera de nosotros el peor de los sentimientos, nos estamos acostumbrando a la muerte.

Cuando una sociedad se acostumbra a la muerte, cuando cualquier ser humano se acostumbra a la muerte, desaparece el valor y el respeto por la propia vida. Este es un signo de deshumanización grave, a partir de aquí todo es esperable.

Es esta la señal a la que debemos prestarle especial atención los padres, ¿qué valor tiene la propia vida para nuestros hijos?. Las tragedias, si para algo sirven, es para aprender. Hoy, a pesar de las muertes, siento que seguimos sin aprender nada.

Cuando un joven arriesga su vida sin sentido o pone en peligro la del otro, nos está dando señales, cuando un joven ha perdido los proyectos, cuando no tiene un proyecto de vida de alguna manera se está muriendo anticipadamente, nosotros, los adultos, los padres, los que tenemos responsabilidades de cualquier tipo, la sociedad tiene un compromiso que no puede eludir.

A esta altura y con todo el dolor que implica ver que el mundo parece no aprender, ahora y más que nunca hay que tener el coraje de luchar por la cultura de la vida.

Sin dudas, estamos frente al mayor de los desafíos educativos: educar para amar la propia vida.

No tengo dudas que un joven amante de la vida podrá decir que no antes de entrar a un boliche que claramente la pone en peligro, podrá decir que no antes de subirse a un auto borracho, podrá decir que no antes de prender una bengala, podrá decir que no a tantas cosas, que hoy, esperamos que otros digan no por él. Ya hemos visto que eso no va a suceder.

Para poder decir que no primero hay que tener un si. Sí, a una vida que valga la pena ser vivida y cuidada; creo que para poder instalar la cultura de la vida, a partir de este desgraciado suceso “hay que barajar y dar de nuevo”.

Los padres debemos ayudar a nuestros hijos a reencontrarse con lo valioso que es estar vivos y con lo importante que es cuidar, éste, el único tesoro que los hombres compartimos por igual.

Quizás sea esta la manera de enseñarles que, es muy distinto que vivir, honrar la vida.

 

Lic. Adrián Dall’Asta

Director Ejecutivo

Fundación Proyecto Padres

www.proyectopadres.org

 

 

 

 

 

 

 

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